EL CONURBANO, DE BELINDIA A RIO Y MEDELLIN

Los asentamientos crecieron con una fortísima complicidad política multisectorial. El Conurbano expulsó trabajadores y recepcionó homless.

Ahora, por el COVID, cierran sus ingresos y llevan comida por miedo a los contagios masivos.

A mediados de los ’90, el entonces concejal radical Pablo Cristani denunció la usurpación de terrenos en las antiguas lagunas que rodean el Camino del Buen Ayre en la localidad de San Martín e invitó a este medio, que en aquel momento también salía en papel y tv, a documentar cómo se realizaban los rellenos de esos lodazales, antiguas tosqueras o reservorios contra las inundaciones, imprescindibles para el barrio que progresaba desde Villa Ballester y José León Suárez.

Heladeras, autos usados, escombros… Todo servía para “rellenar” e inmediatamente “ocupar” con una casilla precaria de chapa, cartón o lona.

En aquel momento Cristani ya denunciaba la complicidad del estado, en diferentes niveles, por no frenar esta invasión de personas sin techo. El poder de policía se lo iban pasando entre la municipalidad y el CEAMSE, con lo cual nadie controlaba.

Muy próximo a lo que hoy se conoce como Barrio Nuevo o La Esperanza estaba La Cárcova. Allí la intrusión encontró una complicidad manifiesta que era transversal a los partidos políticos. Concejales supuestamente opositores con punteros oficialistas ya sofisticaban la operatoria y delimitaban terrenos para luego venderlos. Corría 1996, y por esa denuncia, por un breve tiempo, el programa Sentido Común fue eyectado de la programación. Ese concejal y el intendente, y la mayoría de los concejales (por eso es un cuerpo) de aquel entonces habían aprobado el tendido de la red de fibra óptica…

En Tres de Febrero esta dualidad entre autoridades municipales, concejales opositores y otras yerbas se visualizó en el loteo, interrumpido tras la denuncia de este medio, de innumerables terrenos a través de una mutual que operaba en el centro de Caseros. $5.000 pesos era el precio de aquel entonces, pagaderos en cómodas cuotas.

De estos ejemplos hay miles a lo largo y ancho del conurbano. No fueron fruto sólo de la crisis política, sino fundamentalmente de la complicidad de quienes manejaban y manejan el Estado y permitían los asentamientos para luego tener un plan de documentación a mano para incorporar nuevos actores a los padrones electorales y compensar la siempre fluctuante decisión de la clase media de los centros urbanos tradicionales.

La sofisticación o lo rudimentario de estos procesos varían según los territorios y visión de sus gobernantes.

En la zona norte, fundamentalmente por la visión del ex intendente, fallecido, Ricardo Ubieto, comenzaron a levantarse barrios privados en antiguos bañados, sin contemplar en demasía el impacto ambiental que provocaba agua más arriba del río Luján. Tampoco tenían en cuenta las fortificaciones que se proponían en sus ingresos, ya que estos barrios estaban pegados o muy cerca de villas de emergencias, como se denominaban en aquel momento.

Esos emprendimientos fueron viéndose con mucha más opulencia en Pilar, en las que inclusive había canchas de golf y de polo dentro de los “countries”, y en los demás distritos de la región norte, con más o menos terrenos a disposición.

Así, el fallecido juez de San Isidro Juan Makintach ya alertaba en también en 1996 que ese proceso era “insostenible” porque los pobres y los ricos no podían convivir con semejante desproporción económica en un mismo espacio físico o a pocas cuadras de diferencia.

En el oeste si bien también se dio este mismo fenómeno, fundamentalmente cuando se habilitó la Autopista del Oeste. Lo que primó en barrios como Trujui o Cuartel V fueron ocupaciones de tierra sin ton ni son, sin servicios, agua, luz, gas y mucho menos cloacas.

La proliferación de este tipo de ocupaciones también se dio en la zona sur, mucho más precaria aún en todo tipo de controles, con barrios como Cuartel IX en Lomas de Zamora o El Jagüel, en Esteban Etcheverría, para comentar los más impactantes, además de otros como los recientemente conocidos de Villa Azul.

Lo que primero fue una toma con construcciones más que precarias, amparadas todas por el Estado, se fueron transformando en lugares de precioso valor para bandas de todo tipo, aunque el narcotráfico terminó imponiendo sus reglas por el costo que podía pagar. A ellos, la plata les sobra.

Así aparecieron “caciques” como “El Patrón”, en Moreno o “Carlitos” en Villa Independencia. Ellos ya se habían transformado en el Estado. Dentro de poco, si no hay novedades en su causa, Miguel Angel “Mameluco” Villalba puede quedar en libertad y habrá que mirar nuevamente toda la zona de Billinghurst.

TIGRE, UN LEADING CASE

A lo largo de la historia diferentes porciones de territorio se han convertido en la síntesis perfecta de las tensiones que ocurren en las sociedades. Eso parece estar ocurriendo en el Distrito de Tigre, que en sus más de 140 km2 de continente y 200 km2 de islas reúne todos los ingredientes necesarios para explicar la transición de la Argentina. Contraste sociales, desigualdad económica, fragmentación del territorio. Como un laboratorio en el que se prueban diferentes modelos de vida, Tigre experimenta un momento bisagra y muestra ventajas de estilos que conviven, en un mismo lugar.

Por obra del destino en algunos casos o por la confluencia de múltiples factores en otros, pequeños fragmentos de territorio se han convertido en reflejo de las tensiones que viven las sociedades. Ejemplo paradigmático en la historia es la región de los Balcanes, donde conviven todas las civilizaciones, clases sociales y formas de vida en una extensión tan pequeña que cíclicamente ha sido escenario de conflictos bélicos con miles de muertos. Un poco más cerca en la historia, países como Sudán o Siria han sido países que vieron crecer el odio y el conflicto basado en las desigualdad internas, en términos de libertades y riqueza.

Con más de 450 mil habitantes, Tigre tiene una población que la posiciona a la altura de una provincia chica del sur. Potente en términos industriales, supo concentrar en los últimos años casi un quinto de la inversión privada directa de la Provincia de Buenos Aires. Número uno en metros cuadrados construidos en la última década, Tigre se fue convirtiendo en el lugar en el que muchos quisieran vivir. Por su naturaleza, cercanía con la capital y, fundamentalmente, por su seguridad. Es el municipio con el mayor crecimiento demográfico de la Argentina, por lejos.

Tigre ha logrado, como no pudo hacerlo ningún otro municipio en las últimas décadas, concentrar la atención del círculo rojo. Una anécdota sorprendente es que en las vísperas de las elecciones presidenciales de 2015, los tres candidatos con mayores chances estaban en Tigre: Macri en Newman, Scioli en la Ñata y Massa en Rincón. Esta foto refleja como ninguna la relevancia del distrito. Casualidad o no, dos de los intendentes con mejores índices de aprobación de la historia gobernaron Tigre, Ricardo Ubieto del 87 al 2006, Sergio Massa del 2007 al 2013. Esta dupla de alcaldes modernos tuvieron la mirada puesta en la transformación urbana, el cuidado de los espacios públicos y la seguridad. Han grabado a fuego sus nombres en el corazón de los vecinos y han sido catapultados desde el palacio municipal a la política nacional, aunque Ubieto no lo deseara y Massa, sí.

Pero este Tigre pujante y moderno no pudo evitar que la gran enfermedad de la Argentina manifestara sus síntomas en su interior. La desigualdad se fue exteriorizando en formato de barrio popular, cuyo número hoy asciende a 50. Y en los que más de 10 mil familias viven en las peores condiciones de marginalidad y bajo la indiferencia de muchos.

Llegamos así a la necesidad de interpretar causas y consecuencias de este fenómeno que se torna desagradable e incómodo. El de presenciar la ostentación por un lado y la postergación por el otro, separados la mayoría de las veces por muros. Son dos Tigre diferentes que reflejan dos modelos de país en permanente confrontación. Un partido que se convierte entonces en un laboratorio de pruebas, en el que el final no puede ser bueno.

Esta semana el Covid-19 se empecinó con otro barrio del conurbano, al que pretende -como ya lo hizo con la Villa Azul en Quilmes- doblegarlo hasta ponerlo en condición de estricto aislamiento. Se trata de San Jorge y queda a pocos metros de la panamericana, del centro de Don Torcuato y de muchos de los más de 110 barrios cerrados que ocupan el 50 % del territorio de Tigre. Allí el virus encuentra terreno fértil para hacer de las suyas. El distanciamiento social es una utopía en el barrio en el que Riquelme dio sus primeros pases.

La Argentina con expectativas de primer mundo, con altos niveles de consumo. Con casas y autos ostentosos se topa en este distrito con la del 50% de pobreza, con niveles de marginalidad históricos. Indicadores de desigualdad coinciden como en ningún otro lugar con las fotos satélitales, que reflejan la fractura en el territorio y en la sociedad. Las diferencias suelen generar odio. Y en tiempos de pandemia, enfermedad. Tigre es laboratorio donde se puede ver la distancia de lo aspiracional, quizás pueda ser también un lugar en el que se vuelva a forjar el desarrollo. Está a tiempo. 

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